El Sitio de Antonio Naval Mas

Arte disperso fuera del Alto Aragón

Jueves 30 de octubre de 2008 por Antonio Naval

Epílogo del libro PATRIMONIO EMIGRADO, Huesca, Diario del AltoAragón-Gobierno de Aragón-Diputación de Huesca, 1999, pp245-250

CONSIDERACION FINAL SOBRE EL ARTE DISPERSO DEL ALTOARAGON (extracto)

La enumeración de pueblos y obras que precede no es exhaustiva, pero ha querido ser tan completa como ha sido posible. No puede ser exhaustiva porque son numerosas las piezas, acumuladas en museos, colecciones, y poseídas por particulares, que se sabe proceden del Altoaragón, pero de las que se ignora el lugar exacto de donde salieron.

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Dispersas por lugares remotos, tanto de España como de Estados Unidos, Canadá, Argentina, Bélgica o Hungría... hay obras que con toda seguridad fueron generadas en pueblos del Altoaragón, cuyo nombre han perdido. Haciendo un recuento de las de procedencia conocida y de aquellas otras que con toda probabilidad proceden de estas tierras, y puestas en comparación numérica, el número de éstas es superior al de aquéllas. A buen seguro que tras la publicación que precede surgirán nuevas pistas para seguir el rastro de otras obras. De hecho ya han ido apareciendo algunas mientras se elaboraba y salía a la luz. La investigación hasta aquí hecha no pretende estar acabada, por el contrario, dada la importancia del objeto de estudio, necesariamente tiene que dar a otros investigadores la posibilidad de completarla. A todo ello habría que añadir todo el patrimonio bibliográfico, con manuscritos excelentemente iluminados y la orfebrería.

En la medida en que se comprueba la calidad y monumentalidad de las obras de arte que ha habido por tierras del Altoaragón se dibuja un interrogante que incluye admiración. ¿Quiénes eran aquellas gentes que se recrearon en tan destacadas creaciones? Necesariamente tuvieron que estar dotadas de una sensibilidad muy especial, puesto que supieron elegir a los artistas, e indudablemente fueron exigentes con ellos, como se desprende por algunos protocolos notana1es en que se contrataron algunas obras.

Si en los pueblos del Altoaragón había obras tan costosas, relevantes y significativas, quiere decir que sus gentes no estaban sumidas en el anonimato de la mera supervivencia, como les sucedió a tantos pueblos de la Península Ibérica. Obras como los desaparecidos retablos de Lanaja, Ontiñena, Tamarite, Zaidín, Pallaruelo de Monegros, etc., son un estímulo para reformular la anónima historia, menospreciativamente, a veces, llamada local, de un pueblo, unos pueblos, que nunca hubieran sentido la necesidad de significarse en retablos como éstos si toda su razón de ser hubiera estado sumida en el anonimato de una cotidianeidad insulsa. Si los hicieron posibles, y si mantuvieron activos a maestros tan singulares, fue porque el buen hacer de estos maestros respondía a sus gustos y posibilidades, a su sensibilidad y singular iniciativa. Es todo un campo de investigación que queda por hacer, abriendo cauces que serán verdaderamente reveladores, en la medida en que superarán algunas afirmaciones relacionadas con una Baja Edad Media que agotaba su potencialidad en la conflictividad social y en otros comportamientos de mera supervivencia.

Espanta constatar la cuantía del Patrimonio que quisiéramos ahora que no hubiera emigrado, y sobre todo abochorna la desidia y el retraso de décadas en la valoración, que dio pie para que en otros lugares y países pudieran satisfacer sus carencias históricas y sus apetencias de goce artístico. En realidad por eso existen los museos, y por ello algunos son grandes y destacados museos.

No se trata ahora de juzgar a quienes nos precedieron a la luz de criterios que no pudieron ser referencias en su actuación porque no existían como tales parámetros, sino de sacar lecciones de la historia. Cierto que superada la Edad Media se vio como algo normal sustituir anteriores obras por otras más modernas, y que esto fue criterio en nuestras tierras hasta bien entrado el siglo XX. Pero también es cierto que, en los últimos tiempos, quienes eran herederos del buen gusto y del acierto en el hacer de otros mecenas y promotores no supieron ver que una nueva valoración de las obras de arte las hacía estimables, al margen de la pérdida de funcionalidad para la que habían sido hechas. Tan injustificable falta de sintonía hace bochornoso el drástico vaciado realizado en la catedral de Huesca a raíz de la restauración, el demoledor desmantelamiento del monasterio de San Victorián, de Sobrarbe, y la lenta agonía de Sijena, a la que varias generaciones han asistido con una impasibilidad tal que dará pie a duros juicios de la historia. La incuria, consecuencia del desinterés, es más difícilmente excusable en las últimas décadas. Lo sucedido con Sijena no puede repetirse en lo que, presumiblemente, va a ser también el inevitable final de otros conventos.

Lo único que consuela, y no al margen de una cómoda ambigüedad dialéctica, es que si muchas de las obras que desaparecieron en las primeras décadas de siglo hubieran permanecido en su lugar de origen, con los desastres de la Guerra Civil del Treinta y Seis se hubieran perdido.

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No hay ahora lugar para los lamentos, y éstos no pueden actuar como espejismos que impidan ver todos los desaguisados que, a destiempo de otras sensibilidades e ignorando criterios suficientemente claros, se siguen haciendo con el patrimonio arquitectónico, con los conjuntos monumentales urbanos, con construcciones destacadas por ser históricas aunque no sean artísticas, con la arqueología en general, y con la industrial en particular, etc. De forma impenitente y con la misma actitud irredenta de otras épocas, estarnos asistiendo a destrucciones en aquellos campos, áreas, o variaciones de la creación artística, histórica, arqueológica, o etnológica que se habían conservado hasta los últimos años. Esta vez es en aras de una insensata visión del progreso, de una autodestructora necesidad de productividad, de un hipócrita respeto a la libre disponibilidad de la propiedad privada, que ocultan la ignorancia de siempre y ponen de manifiesto el desfondado de una existencia, al pretender suplir, con la acumulación de recursos económicos, la desorientación en el sentido de la vida y la vacuidad en la existencia. Es la obsesión de una civilización, la nuestra, en la que los pueblos están constatando las disoluciones de su identidad en una globalizadora civilización del bienestar, basada en un desarrollo que no es cultura, y en la persecución posesiva de unos recursos que no es liberadora. Ésta es la civilización que está quedando despojada de resortes culturales para uso del progreso, y reduciendo a una aglomeración única de individuos anónimos a los que fueron diferentes pueblos de admirable fecundidad creativa. El destino es vaguear por un futuro esterilizante, por estar desprovisto de toda posibilidad de satisfacción integral del hombre en la medida en que está perdiendo capacidad para el deleite que surge del hábito de la contemplación.

Es el futuro de todas las sociedades opulentas, que están redescubriendo la cultura del pasado, no desde el goce de quien la descubre, sino desde la constatación de la carencia de quien la ha perdido, y que, consecuentemente, al propugnar su recuperación, tienen el peligro de reducirla al papel ornamental que se da al anticuariado.

Es incuestionable que en la actualidad existe una súbita y fuerte sensibilidad social por recuperar obras que ahora se querría que no hubieran emigrado. No es suficiente esta conciencia que se está extendiendo para hacer un balance positivo a favor de nuevas sensibilidades, porque no está surgiendo de la necesidad de tomar una conciencia, conocer un pasado y definir unas identidades, sino simplemente es consecuencia, en la mayor parte de las ocasiones, del mismo deseo de poseer que está siendo el motor del desarrollo de las sociedades.

No estaría bien planteada la campaña por la recuperación de las obras emigradas sin tener presente que ahora se pueden reclamar porque hubo quien las valoró, a despecho de las desvalorizaciones de que eran víctimas en cada pueblo. Esta reclamación nunca sería legítima desde la mera motivación de desposeimiento del que ha contribuido a conservarlas, pues solamente está justificada desde la estrategia intencionada de recuperar elementos de identidad que den a los pueblos más seguridad en sí mismos, en la medida en que los colocan al margen de la inercia universalizadora que arrastra a los países desarrollados.

Tampoco está bien fundada la conciencia, cada vez más generalizada, de un derecho de todos a una cierta socialización del Patrimonio Artístico, principalmente religioso, sobre todo el arquitectónico, como consecuencia de una percepción de pro- piedad común del Patrimonio Artístico. Éste que se reconoce como "bien común", que relativiza cualquier "posesión", no puede percibirse ni merecerse al margen de la funcionalidad para la que fue creado, ni los edificios pueden llevarse ala trivialización de un acceso y disponibilidad discrecional, con matices de antojo, de quienes se imponen formando mayorías.

El disfrute del "bien común" no es derecho ilimitado de la colectividad, ni aun en el caso de que sea el Estado el que está tutelando su conservación. El Patrimonio, percibido como "bien común" que sea de propiedad privada, ciertamente que debe superar todos los resquicios todavía existentes de exclusividad. La Administración, a su vez, debe asumir que el deber exigido a los particulares debe estar compensado con medios que posibiliten el cumplimiento de ese deber. La Administración del Estado no puede justificar únicamente su intervención de mantenimiento solamente a cambio de obtener una titularidad pública sobre todo patrimonio histórico. En tiempos distintos, con una administración de recursos distinta, las bases conceptuales deben ser acordes a estas diferencias temporales y de medios. En una ordenación de los pueblos en que el Estado acapara y administra las fuentes de recursos públicos, de forma distinta ala de tiempos pasados, debe asumir la viabilidad de los servicios que sean todavía requeridos por necesidades vivas. Para la satisfacción de éstas siguen siendo indispensables los bienes muebles e inmuebles para los que una funcionalidad específica fue simultánea, si no fue prioritaria, a la conformación de obra de arte. La Iglesia, a su vez, generadora de parte del Patrimonio Artístico desde la fe de los creyentes, no puede menospreciar el elemento de análisis que le ofrece el drástico cambio de en la aportación y configuración de este Patrimonio y sacar conclusiones.

Por su parte, las sociedades no habrán entendido el compromiso que a todos envuelve el mantenimiento del Patrimonio Artístico para las genera que vengan si no aceptan y obran en consecuencia a que la conservación de este Patrimonio no es función exclusiva de la Administración del Estado. La Administración no puede cuidarse de la inmensa riqueza que es el Patrimonio Artístico e Histórico, y, sobre todo, el arquitectónico, que es el Patrimonio Español, siendo ineludible la responsabilidad y colaboración de todos los españoles, cuya mentalización es prioritaria a las campañas de conservación

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El mantenimiento de este medio, de esta historia y de este arte, es el Patrimonio con el que el viejo reino de Aragón quiere contribuir para reafirmar esa realidad potente que es la Historia de España, y, de esta forma, con el resto de los españoles, quedar integrados, que no es estar diluidos, en esa otra realidad más universal a la que todos estamos llamados, superando el riesgo de la autodestrucción en la medida en que puede quedar unificada en una universalización indefinida.
En consecuencia, este trabajo sólo en parte está concluido, pues queda mucho de esa tarea, permanentemente pendiente, que es la acuciante acción por evitar, ahora que estamos a tiempo, que los que vengan tengan que redescubrir lo que fueron y distinguió a sus antepasados, como nosotros hemos tenido que redescubrir las obras de arte que algunos de los que nos precedieron se dejaron perder.


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