El Sitio de Antonio Naval Mas

Preanuncio de la decadencia de la civilización occidental

Jueves 1ro de noviembre de 2012 por Antonio Naval

Tras el análisis de lo que visualmente es la ciudad de la Habana y de su estado de deterioro en relación con la apariencia que tuvo, se hace una reflexion sobre las ciudades de la civilización occidental que están restaurando sus ciudades. Esto, no pocas veces, se lleva a cabo de acuerdo con la forma como les gustaría que hubieran sido, mientras desean la conservación de las ciudades historicas de los países que, porque están en desarrollo, no han alterado la apariencia original. Lo que es actualmente la ciudad de la Habana, después del aspecto que tuvo, constituye una llamada a la reflexión sobre lo que le puede suceder a otras ciudades.

"Anuario de Estudios Atlanticos" num 55, Las Palmas de Gran Canaria, 2009

A MANERA DE REFLEXION FINAL

La Habana es una ciudad que fascina y deja perplejos. Fascina por la calidad de su marco urbano comparable a las mejores capitales europeas, de más solera y con más activas etapas en su historia, y deja perplejos por la increíble degradación a la que ha llegado una ciudad de tal categoría. Es por eso que debe ser además de una llamada a la solución un inevitable pretexto para una reflexión sobre lo que es una realidad premonitoria y una consecuencia de una de las locuras a las que puede llevar las utopías revolucionarias de cualquier tiempo.

Pasear por plazas, paseos y parques, callejear por sus calles y callejas, es una experiencia extraña porque amalgama las contradictorias emociones que suscitan realidades que son incompatibles. Se percibe la añeja fastuosidad reducida a caricatura y la desbordante vitalidad surgida de la miseria. Se da la desconcertante constatación de una situación idílica, la actual, en tanto en cuanto motivada por una ausencia de las necesidades, al menos aparentemente, inoculadas en otras culturas urbanas de occidente. El bullicio de unas gentes que parecen no estar aquejados por grandes preocupaciones surge de la ruina, el adorno mutilado, la mansión reducida a despojo. Diríase, o al menos eso es lo que aparece, que la felicidad ha hecho menosprecio de la ostentación en otros tiempos añorada. Esta ha quedado reducida a caricatura de si misma.

Los estándares de vida de quien habitó amplias zonas de esta ciudad pudieron ser provocativos, la vitalidad de sus actividades no llegaba a las clases populares, incluso, como una y otra vez se recoge, la degradación humana llegaba a caracterizar algunos barrios y sectores sociales, a algunas personas, reducidas a mercancía, y sus chulos. A cambio de eso la ciudad ha quedado convertida en un inmenso suburbio, y las condiciones del hábitat no alcanzan los mínimos.

La Habana es la consecuencia del desquiciamiento al que puede llevar una obsesión, las repercusiones de la incapacidad de marcha atrás del líder, la evidencia de que son indefendibles causas con tan alto precio e injustificables victorias con tales consecuencias.

La Habana, a su vez, es una premonición de lo que pueden ser muchas de las capitales del poder económico y político, de esa civilización occidental irremediablemente unificada en la medida en que es irremediablemente globalizada, si por otros objetivos y por otros conductos mantiene obsesiones sin tomar en cuenta el aniquilamiento de colectivos y recursos, la superación de hábitos y la implantación de otros comportamientos. Uno no puede menos que intentar evocar el aspecto en que quedaron aquellas monumentales ciudades tras la caída de esa civilización y cultura que fue el imperio romano. En esa ocasión uno de los signos y causas fue la drástica despoblación. También la superpoblación de Roma había acompañado a los mejores tiempos de ese emporio. A la belleza, siguió la desolación, que iría acompañada de la degradación, y a ésta, la ruina. Nosotros, sin embargo, de la recuperación de esta ruina hemos hecho una actividad. Y desde esta actividad nos complace escudriñar detectando solo lo que de deslumbrante tuvo, olvidando casi siempre el proceso que la aniquiló.

La declaración de la Habana como Patrimonio de la Humanidad es un título que avala el reconocimiento de valores, en esta ocasión de plástica visual, sobresalientes por distintos, y distintos por su acumulación, y por la calidad de los resultados. Pueden ser fruto contradictorio de desequilibrios y excesos, de posibilidades y necesidades creadas, y, paradójicamente, éste es el signo que acompaña muchas de las realizaciones arquitectónicas que hoy admiramos en ciudades consideradas como sobresalientes legados del pasado. No se trata de que, como siempre se ha hecho, en la historia destruyamos o dejemos en un proceso de autodestrucción aquello que no queríamos que hubiera sucedido, o que queramos eliminar lo que nos delata, sino que leamos las huellas del pasado en clave de documento para prevenir el futuro. Entonces será cuando el arte y sus monumentos, las instituciones y las personas, los hechos relevantes, nos guste o nos desagraden, dejarán de estar mediatizados a gustos y preferencias y conseguirán una dignidad que quizá no está en las causas que los generaron. Junto a la conservación de los valores plásticos que acumula, esta ciudad ofrece la posibilidad de ser permanente exponente de errores que debe evitar la humanidad.

No hay recursos para que esta ciudad recupere su esplendor urbano resurgiendo del hundimiento, como parece que tampoco los hay para salvar otras ciudades, porque el Patrimonio de la Humanidad no es solo la Habana y Venecia, ni la humanidad está solamente aquejada por problemas relacionados con la conservación de su Patrimonio. Pero ésta es una de esas oportunas declaraciones de protección.

La Habana, como Venecia, son realidades que cada una en su ámbito y con plasmaciones diferentes, son llamadas de atención para toda la civilización occidental. Es ineludible sentir impotencia ante lo que parece inevitable. Por compromiso solidario con una humanidad aquejada por graves problemas, y más particularmente con la problemática de conservación del Patrimonio Arquitectónico que no es solo el de esta ciudad, de forma desconcertante, tenemos que asistir a una lenta pero inevitable descomposición de una de las creaciones más relevantes de las culturas occidentales. Nuestra civilización, todos nosotros, no habrá querido entender la historia si nos limitamos a contemplarla con el alivio que aparentemente proporciona el lamento lastimero. Es necesario dejarnos conmover de forma comprometedora para prevenir otras situaciones y salvar otras realidades que todavía no han entrado en una situación terminal.


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